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Este sujeto amarillento y patillero, que responde al nombre de Jordi Gonzàlez Lorenzo, afirma haber nacido el 12 de agosto de 1971 en el barcelonés barrio de Gràcia, aunque una de sus hermanas siempre ha asegurado que la familia lo encontró en un contáiner.
Tras un largo paso en una escuela francesa, dónde se contaminó de peligrosas ideas volterianas, empezó Periodismo para abandonarlo a los quince días y empezar a vivir precariamente. Años después obtendrá el título de Técnico en Imagen y Sonido por el Centre Calassanç, (la otra opción, en esa época oscura, eran los jesuitas) escandalizando en cuantas ocasiones le fue posible a los Padres Calasancios que regentaban la institución.
Participa en varias abominaciones pseudo-artísticas junto a un grupo de estudiantes de Bellas Artes (la mayoría de ellos en busca y captura actualmente por la Interpol), hace sus primeros pinitos en televisión para BTV, y, tras la hazaña de grabar y editar en un par de meses más de 200 video-books para actores, entra a trabajar en una agencia de representación de actores, dónde consumirá cinco años de su vida grabando castings e intentando (sin conseguirlo) penetrar en el complejo mundo neuronal de los profesionales de la comedia. Tan harto acabó de ellos que en el año 2000 emigra a Sevilla, dónde inaugura una nueva vida laboral dedicada a la tele suspirando por las curvas de Natalia Estrada en “Armas de seducción”, programa que emitieron a la par Canal Sur y Telemadrid y que no llegó a los dos meses de vida.
Incomprensiblemente, siguen contratándole, y encadena programas de todos los pelajes durante cinco años en la Sevilla de sus amores, para aparecer luego en Valencia y en Madrid, dónde consumió dos años de su vida. En Madrid sufre una crisis de fe que le lleva a abandonar el mundillo televisivo y volver a su Barcelona natal.
Pero el daño ya está hecho, se aburre como una ostra y acepta encantado el reto de realizar en Zaragoza este programa chulo como pocos que es “Aragoneses por el Mundo”. Y allí sigue el tío.
De su vida personal, amistades y amoríos, al entrar de pleno en el terreno de lo absurdo, pues mira, mejor no hablamos.
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